India (Rajastan) 04

Llegamos en tren a la ciudad de Jaisalmer después de un caluroso aunque no demasiado largo viaje a través del desierto rajastaní. En el tren nos entraron dos chicos para ofrecernos hotel. No solemos hacer mucho caso de este tipo de sugerencias pero, no se porqué, esta vez nos comprometimos a visitar el hotel del que tan bien nos hablaban con la condición de que si no nos gustaba nos llevarían al hotel que les dijéramos nosotros.
El hotel era el Golden City. La verdad es que estaba nuevito, limpísimo, con a.a en las habitaciones bien decoradas, con piscina y con un muy atractivo restaurante en la terraza de la azotea. El precio era genial así que nos quedamos. Aquí conocimos a dos parejas españolas muy majetonas con las que hicimos buenas migas y compartimos cenitas y baños en la piscina. Además, coincidimos con una pareja inglesa que habíamos conocido en Naggar cuando viajábamos en moto y fue genial compartir batallitas con ellos.
En el hotel también conocimos a una mallorquina que tenía un par de tiendas de cosas de India en Pollensa y que estaba por allí con sus dos hijos adolescentes intentando poner en marcha una escuela para niños en la ciudad. Nos contó de todos los problemas con los que se estaba encontrando gracias a o a causa de las autoridades indias. Esperamos que todo le haya salido bien al final.

Jaisalmer es uno de los tantísimos sitios que no te puedes perder en India. Se le conoce como la ciudad dorada por el color de sus edificaciones. El fuerte en lo alto es un vibrante laberinto de callejuelas en las que se encuentran templos profusamente decorados, casas aún habitadas, tiendecitas y puestecitos, hoteles y la verdad es que es una gozada pasearte y pasearte.
Las vistas desde lo alto son increíbles. A los que les encante la artesanía india, encontran todo tipo de maravillas. Aunque ya se sabe que donde abunda el turismo hay que comparar y regatear antes de decidirte por algo.
Jaisalmer es también el sitio ideal para descubrir las havelis. Hay varias en perfecto estado de conservación que se pueden visitar. Casi todas eran propiedad de ricos mercaderes de la ciudad.

Un sitio que no te puedes perder por lo curioso del tema es el Bhang Shop. Es decir, la tienda de mariguana autorizada por el gobierno indio. Venden lassis, galletitas y pasteles hechos con esta sustancia. India nunca deja de sorprenderte!

Una de las mejores cosas cosas de la semanita que pasamos en Jaisalmer fue que tuvimos el privilegio de ver llover (mas bien diluviar). El monzón llegó cuando estábamos allí. Las calles se inundaron y el agua corría por todos los lados. La gente feliz en sus tejados recogía el agua. Los niños corrían por las calles riendo y gritando, disfrutando de este regalo de la naturaleza. La felicidad lo inundaba todo disfrazada de agua sagrada.

Nota: La calidad de las fotos es bastante mala ya que están hechas con una pequeña cámara comprada en India. Todo nuestro equipo se perdió cuando viajábamos con la moto.

Nuestra siguiente parada fue la encantadora Jodhpur. Llegamos casi de noche y todos los hoteles que teníamos mirados para alojarnos estaban completos así que acabamos en un hotelito bastante desvencijado y sin aire acondicionado (con fan). La habitación con baño no estaba mal pero era un auténtico y genuino horno.

A la mañana siguiente salimos dispuestos a comernos la ciudad. Jodhpur es conocida como la ciudad azul por el color azul índigo de sus casas. Antiguamente, eran las de los brahmanes pero hoy en día todas están pintadas así. Subimos al fuerte que se encuentra ubicado en lo alto de una colina y desde allí pudimos contemplar toda la ciudad. Cuando miras desde arriba parece que ves el mar reflejado en la maraña de edificaciones azuladas. Es precioso.

La visita al fuerte fue una de las cosas que más nos gustó de todo el viaje al Rajastan. Recomendamos coger la audio-guía en español y perderte a tu ritmo, sin prisa, por todo el complejo. Nosotros nos pasamos casi todo el día por allí. Comimos genial en el restaurante del complejo e incluso por la tarde fuimos a ver al astrólogo. No diré aquí lo que nos dijo, sólo que salimos realmente impresionados tras nuestro encuentro.

A un kilómetro del fuerte se encuentra Jaswant Thada. Un exquisito complejo funerario de inmaculado mármol blanco que, como el fuerte, goza de unas vistas privilegiadas sobre la ciudad.

Después de pasear por las alturas, puedes irte a unos jardines que hay frecuentados por parejas y familias hindúes (con el consecuente rastro de basura) y llenos de monos bastante poco amistosos y sí bastante amigos de lo ajeno y pasearte un ratillo entre los pequeños templitos.
Después de la relajación toca perderse por la ciudad vieja y sus vibrantes y coloridos mercados llenos de todo lo que tu imaginación puede alzanzar a idear y más.

En autobús nos desplazamos a la cautivadora ciudad de Pushkar. Imprescindible. Es un importante centro de peregrinación hindú lleno de sadhus con un lago sagrado rodeado de ghats para el baño ritual. Te puedes pasar horas sentado en las escalinatas simplemente contemplando todo lo que por allí se cuece. Las calles están llenas de templos, de tiendecitas de todo tipo, gustos y colores en las que, como siempre, todas tus fantasías se hacen realidad y caímos.

Hay un montón de restaurantes por toda la ciudad que sirven platos deliciosos. Entre sus especialidades está una bebida llamada bhang lassi hecha con marihuana. La probamos por curiosidad en un restaurante regentado por israelitas y la verdad es que está buena y no afecta practicamente nada (la pedimos suave de todas formas).

Nos alojamos en un hotel un poco alejado del bullicio y de buena calidad que nos hizo precio con un truquito que tenemos para ocasiones especiales. Nos quedamos como cinco días en esta pequeña y amable ciudad y prometimos volver sí o sí.

Nota: La calidad de las fotos es bastante mala ya que están hechas con una pequeña cámara comprada en India. Todo nuestro equipo se perdió cuando viajábamos con la moto.

Era agosto. En Delhi hacía un calor de mil demonios. Acabábamos de devolver la moto al amigo Lalli y nos encontrábamos cómodamente alojados en nuestro hotelito de siempre en el Paharganj, el Hotel Relax. Pasábamos el rato paseando alegremente por el Main Baaar. Los deliciosos, refrescantes y super vitaminados zumos de los humildes puestecitos eran el reconstituyente perfecto para nuestros maltrechos cuerpos que a duras penas podían arrastrarse por las bulliciosas y caóticas callejuelas. Pensamos que si en Delhi hacía este calor húmedo asfixiante, en el Sur no se podría estar así que decidimos recoger nuestros escasos enseres e irnos con la música a otra parte.
Preparamos un paquete con la ropa de invierno, la de moto, los cascos y alguna cosilla más y lo dejamos a buen recaudo en el hotel para recogerlo después de nuestro periplo por las exóticas y misteriosas tierras de los rajputs.

Cogimos el tren y en dos-tres horitas llegamos a Mathura, primera y única parada antes del Rajastan. Mathura es la ciudad en la que, según la tradición, nacío Krishna y por esta razón es un importante centro de peregrinación hinduísta. Una vez al año, durante el cumpleaños del niño dios, miles de peregrinos y sadhus invaden la ciudad para celebrar su nacimiento.
Nos quedamos unos cuatro días mientras mi enfriamiento mejoraba. Tanto cambio del calor del exterior al frío del aire acondicionado que al final la pillé fina.
La ciudad está bien pero lo ideal es visitarla durante el Janmastami y dejarse llevar arrastrado por la masa de gente enfervorizada y en éxtasis hasta los ghats para depositar allí, en el río Yamuna, nuestra ofrenda de flores.

Jaipur, capital del estado, fue la primera ciudad del Rajastan que visitamos. Nos acomodamos en un hotelito precioso aunque algo alejado de la ciudad vieja en una amplísima y bien decorada doble con baño. Lo mejor del hotel era la terraza que tenía en la azotea. Allí estaba ubicado el restaurante el cual, gracias a este privilegio, gozaba de unas vistas fantásticas de la ciudad.
Cuando llegamos y nos registramos en recepción entablamos conversación con el dueño que andaba por allí dando órdenes a diestro y siniestro. Entre bromas y risas nos comentó que estaban esperando como agua de Mayo (nunca mejor dicho) la llegada del monzón. Sebastián le dijo que nuestra llegada traería suerte y que estaba seguro de que no nos iríamos de la ciudad sin sentir cómo el ansiado monzón nos refrescaba y alegraba a todos.

Enseguida de habernos instalado y después de una larga y relajante ducha nos lanzamos a las calles. Cogimos un motoricksaw que nos llevó justo hasta la ciudad vieja popularmente conocida como la ciudad rosa por el color de todas sus edificaciones.
Está rodeada de una muralla almenada a la manera de las Medinas de las ciudades árabes y abarrotada de bazares donde puedes adquirir todo tipo de artículos artesanos. Lo mejor es empezar a pasear, perderte entre la gente y hacer caso omiso a las insistentes llamadas de los comerciantes para que entres a su establecimiento y compres. No merece la pena cabrearse por el tema porque lo único que logras es no disfrutar y no vas a lograr que cambien su arraigada forma de trabajar. En los bazares puedes encontrar de todo: telas (saris) lujosas y delicadas, piedras preciosas y semipreciosas (ojo con esto, hay que entender), colchas, cerámica, pinturas.

La visita estrella de Jaipur es el Palacio de los Vientos pero también se pueden visitar el Palacio de la ciudad donde se encuentra la archifotografiada puerta del Pavo Real, el Jantar Mantar (observatorio astronómico), la fortaleza de Nahargarh y los cenotafios de la familia real.

En Jaipur te puedes pasar tranquilamente tres o cuatro días llenos de actividades.

Desde Jaipur cogimos un motoricksaw para poder pasar el día en el imponente palacio de Amber. Puedes darte un paseo en elefante si te hace ilusión, nosotros decidimos pasar y hacerlo todo a pie. Fue un día memorable, de esos que nunca se olvidan. Nosotros fotografiábamos a los indios y ellos nos fotografiában a nosotros (aunque a escondidas). Estaba lleno de turistas no sólo occidentales sino también indios, pero había suficiente espacio para poder disfrutar todos sin molestarnos.

En nuestro hotel de Jaipur conocimos a una pareja de españoles de Madrid super majetones con los que compartimos cenas, desayunos y charlas muy pero que muy interesantes. Fue un punto más para salir encantados con esta alocada ciudad india. El colofón de toda la fiesta fue cuando, al cuarto día de estancia, comenzó a llover. El monzón ya estaba aquí y todo lo que traía consigo se puede resumir en una palabra: felicidad.

Nota: La calidad de las fotos es bastante mala ya que están hechas con una pequeña cámara comprada en India. Todo nuestro equipo se perdió cuando viajábamos con la moto.

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