Qué ver en Chefchaouen

Chefchaouen blues. Qué ver y hacer en la medina de Chefchaouen. Marruecos

“¡Esto se mueve!” escribía en mi Facebook mientras cruzábamos las turbulentas aguas del estrecho rumbo a Ceuta. El ferry sólo tardó unos 45 minutos de bamboleos agitadores de estómagos en dejarnos en tierras africanas. Nada más desembarcar nos dirigimos raudos y veloces a la frontera que separa Ceuta de Sebta o lo que es lo mismo España y Europa de Marruecos y África.

Los trámites fronterizos duraron poco más de 10 minutos. Estamos en invierno y la afluencia de coches es mínima. Pasada la frontera, cambiamos unos euros por Dirhams, sacamos nuestro mapa y señalamos nuestro destino: Chefchaouen, Chaouen o Xauen (mira las cumbres/los cuernos, según traducciones).

La carretera, en muy buen estado, comienza bordeando la costa atlántica hasta Tetuán. Después de Tetuán, ésta se convierte en una auténtica y genuina carretera marroquí: estrecha y con abundantes socavones. La carretera va ascendiendo lentamente y uniendo una curva con otra. El tráfico es lento debido a los constantes atascos que forman los decrépitos camiones sobrecargados que no pueden ir a más de veinte kilómetros por hora cuesta arriba. Por el camino, los niños nos saludan con la mano y algunos jóvenes nos gritan “¡hachis!”. Y es que a pesar de la ilegalización de la producción de kif en el 2004, la región sigue siendo una de las que más produce del país. Pasamos una hora ascendiendo tortuosamente las montañas de la cordillera del Rif hasta que alcanzamos la ciudad.

Medina de Chefchaouen
Medina de Chefchaouen

Chefchaouen se ha vuelto grande si la comparamos con lo que era hace unos años pero sigue siendo pequeña al lado de las grandes ciudades marroquís. Actualmente cuenta con unos 40.000 habitantes y se divide básicamente en dos partes: la medina y la ciudad nueva.

La ciudad nueva concentra las oficinas y no tiene mucho interés en sí misma salvo el mercado de los lunes y los jueves.

La medina azul, con su inconfundible sabor andaluz, es otro mundo, es el alma de la ciudad y por lo que es mundialmente conocida.

Chefchaouen fue fundada en el año 1471 en un minúsculo poblado bereber por Mulay Alí Ben Rachid y su tropa de musulmanes y judíos exiliados del Al- Andalus español. Con la fundación de la ciudad, Mulay Alí pretendía frenar la ocupación portuguesa del Norte de Marruecos con la ayuda de las tribus bereberes rifeñas. Estos refugiados procedentes de España trajeron con ellos sus costumbres y construyeron las características casas encaladas con tejas y patio y diseñaron el trazado de callejones estrechos que se conserva hasta nuestros días. Antiguamente las casas se cubrían de cal blanca y las puertas y ventanas llevaban el color verde de los musulmanes. Durante siglos Chaouen estuvo vetada a los cristianos extranjeros por su condición de ciudad sagrada. Este hecho fue la clave para su exquisito estado de conservación actual. En 1920 tropas españolas ocuparon la ciudad y se encontraron con que los judíos que allí vivían hablaban sefardí (variación del castellano medieval). En 1930 llegaron más exiliados judíos procedentes de la península y fueron estos los que comenzaron a pintar sus casas de color azul (el color de los judíos), tradición que ha perdurado hasta la actualidad. Chaouen perteneció al protectorado español hasta la independencia de 1956. Es por eso que el viajero enseguida se dará cuenta de que mucha gente todavía habla español.

Medina de Chefchaouen
Medina de Chefchaouen

Nos levantamos muy temprano para aprovechar bien el día y después de un copioso y suculento desayuno nos lanzamos a las calles con ganas de explorar hasta el último rincón de la medina. Decidimos no coger el mapa sino dejarnos llevar, a la deriva, por este colorido entramado de callejuelas.

La medina de Chaouen es pequeña y con poca gente y más en invierno cuando prácticamente no hay turismo. Nada más que accedemos por una de las puertas de entrada a la medina (hay 5 en total y se denominan Bab) el color azul comienza a bañar las casas. Es un azul claro, brillante y fresco que da a las calles una sensación de limpieza y cuidado enormemente agradable. Nos sorprendemos gratamente al comprobar que el color azul no sólo está presente en paredes sino que se extiende también por zócalos, escaleras, e incluso algunas veces suelos. El viajero debe recordar que si encuentra un callejón con los bordes totalmente pintados, ese callejón no tiene salida (normalmente termina en la casa de alguien) y tendrá que dar la vuelta.

Medina de Chefchaouen
Medina de Chefchaouen

Son las diez de la mañana y no hay casi nadie por la calle. Hace fresco, es invierno y parece que los hombres no tienen prisa por abrir sus comercios. Seguimos paseando lentamente contemplando cada detalle a nuestro paso. Poco a poco vemos como la medina comienza a despertar: Los niños acuden repeinados y felices al colegio, las mujeres llevan al horno panadero el pan amasado por ellas mismas. Los hombres, enfundados en sus chilabas de invierno, comienzan a abrir las magníficas tiendas. Los gatos, bien gorditos, pasean a sus anchas por doquier.

Medina de Chefchaouen
Medina de Chefchaouen

Ya es casi medio día y decidimos hacer un alto en el camino y tomarnos un reconfortante té a la menta junto con unas almendras garrapiñadas que hemos comprado en el puestecito de enfrente. Enseguida entablamos conversación con el camarero y nos explica, en perfecto español, que entre la crisis de Europa en general y España en particular y que es temporada baja, tienen muy pocos clientes y es por eso que no hay mucha prisa por abrir. Con el té y las deliciosas garrapiñadas, nuestro cuerpo recibe un chute de energía y saltamos de las sillas dispuestos a seguir nuestro vagabundeo. A nuestro paso contemplamos a las mujeres haciendo la colada a mano en las fuentes mientras las niñas llenan bidones, a los hombres transportando todo tipo de mercancías con la ayuda de moribundos burros, a los ancianos paseando lentamente apoyados en bastones.

Medina de Chefchaouen
Medina de Chefchaouen

 

La medina de Chefchaouen tiene mucha vida y los sentidos de los viajeros se ven estimulados a cada paso. Además de la vida diaria de los lugareños, con sus vestimentas y costumbres tradicionales, están las mil y una tiendas abarrotadas de todo tipo de vistosas mercancías que destacan sobremanera sobre el fondo azul añil de las paredes. El viajero no puede resistirse a esa explosión de colores y los ojos se le van irremediablemente. Alfombras magistralmente tejidas, bolsos de todos los tipos y tamaños, lámparas, espejos hermosamente decorados, chilabas, babuchas, ponchos y jerséis de gruesa lana, gorritos de invierno, pulseras, pendientes, collares.

Medina de Chefchaouen
Medina de Chefchaouen

Con el gusanillo del hambre en el estómago nos acercamos a la plaza Uta el-Hammam. Esta plaza adoquinada es el centro neurálgico de la medina. En ella se encuentra la kasbah y la Grande Mosque cuya entrada está prohibida a los no musulmanes.

Medina de Chefchaouen
Medina de Chefchaouen

La plaza y sus aledaños están abarrotados de restaurantes con muy buenos precios y deliciosa comida. Es el lugar perfecto para descansar un rato, reponer fuerzas y degustar un delicioso tajin (guiso cocinado en una cazuela de barro y cubierto con una tapa cónica también de barro). Entre el abundante menú nos decantamos por un tajin de carne picada, huevo y salsa de tomate. El té a la menta bien azucarado no puede nunca faltar en Marruecos así que nos traen un enorme vaso bien lleno y humeante. Mientras damos buena cuenta de la comida contemplamos el vibrante ajetreo de la plaza: los camareros de los restaurantes se afanan por atraer clientes, los niños tratan de vender pulseras a los turistas, las mujeres pintan con henna las manos, los ancianos charlan tranquilamente sentados en grupos. La plaza es un ir y venir constante de gente en frenética actividad.
Después de unas horas de relax reposando la copiosa comida, nos vemos con fuerzas para retomar el camino. Nos dirigimos a la cercana plaza el- Majzen donde se ubica el hotel Parador y el parking público. La plaza está abarrotada de tiendecitas para turistas y no tiene demasiado interés. Continuamos hacia la puerta de Bab al- Ansar y cogemos un camino que nos llevará unos 200 metros hasta una fuente. Aquí contemplamos cómo las duras mujeres de estas tierras montañosas hacen la colada en las frías aguas del río Ras el- Maa.
Nos quedamos un buen rato contemplando hipnotizados el correr del agua. Comienza a refrescar con el descenso del sol y decidimos iniciar el camino de vuelta a nuestro hotel en la medina. Mañana toca madrugar y retomar la ruta destino Fez.

Si te apetece ver más fotos que saqué en Chefchaouen puedes hacerlo aquí

Confío en que esta entrada y los artículos a los que he enlazado te ayuden en la planificación de tu viaje a Chefchaouen.

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